jueves, 22 de julio de 2010

Historia de Palomas y Golondrinas

Un hombre descansaba arrodillado al costado de una ruta, en su mano llevaba una cuchara de metal, y vestía una chamarra a mangas largas, abierta por delante, y con la inscripción Señor Juan Cha cha cha por detrás. Al acercarme me observó detenidamente y luego, con voz de Gigoló, me preguntó si podría detenerle su múcura mientras el raspaba con su cuchara el último gramo de merengue que guardaba en el recipiente. Inmediatamente, le pregunte si había visto a la Hija de Neptuno, llevaba un vestido de algodón puro del color del maíz y zapatos de chismosas, la última vez que la vieron fue en Enero durante el Festival de México, comiendo cerezo rosa y manzano blanco. Me dijo que lo disculpase, que no podía ayudarme ya que venía de la Escuela de Sirenas y que, además, llevaba años sin ver a la hija del señor. Se detuvo a pensar unos segundos y luego se dio vuelta y comenzó a andar. A los pocos metros se detuvo, giró sobre sí y haciendo ademanes jocosos gritó “desde que sostenía al perro mientras dirigía su orquesta”. Pensé que se trataba de una de esas pistas que el camino te da para ser descubierta más adelante, y seguí mi camino en dirección al único lugar donde podría encontrarla: la Playa.
La bandera era negra y roja, por lo tanto preferí meterme en cualquier desván para continuar mi búsqueda. El primero se llamaba Cha cha cha Bar, yo quería un mambo, pero estaban pasando un tremendo Cha cha cha: Alma Llanera. Me acerqué a la barra, pedí lo de siempre y me senté en la silla más cercana a la ventana, me procuré una mesa redonda con patas de madera, y coloqué mis botas sobre ella cuando por el vidrio empastado vi a una chica de largos cabellos corriendo por la playa. Suavecito, pero sin pausa, me incorporé por completo, y sin acomodarme las ropas salí detrás de aquella señorita que deambulaba perdida por la arena. Ella comía coco seco y bailaba merengue en la orilla, los colores no le impidieron avanzar sobre el mar, y se lanzó a nadar.
Lo hacía tan bien que en unos minutos ya no la puede ver, entonces comencé a gritarle: mi úsica es para tí, Jealousie.
Nada sucedió. Nada hasta que una barca se dejó ver, junto al muelle, atada y esperando ser usada. Me acerque, me monté en ella, y noté que en uno de sus lados se leía: Caballito de Madera.

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